La Federación Nacional de Comunidades de Regantes (FENACORE) hace público un comunicado en el que manifiesta su recelo hacia los nuevos planes hidrológicos. Lo fundamenta en la desconfianza que siente respecto a la administración pública.
FENACORE ha presentado alegaciones a los Esquemas provisionales de Temas Importantes (EpTI), en el marco del proceso de planificación hidrológica. Los citados Esquemas están sometidos a consulta pública hasta finales de octubre.
La posición inicial de los regantes es contraria debido, fundamentalmente, “a la falta de credibilidad en la planificación hidrológica derivada del incumplimiento por parte de las distintas administraciones a lo largo de las últimas legislaturas de los acuerdos alcanzados con el regadío”.
FENACORE también se opone por su “cierta desconfianza hacia una administración que en los últimos tiempos parece amparar posiciones beligerantes y contrarias a los regadíos, obviando la importancia de disponer de agua garantizada en las correspondientes cuencas hidrográficas”.
No obstante, la Federación abre la mano a seguir colaborando en este nuevo ciclo de planificación, aunque para ello deberían darse unas condiciones mínimas. Cita, por ejemplo:
– “El cumplimiento de los planes hidrológicos vigentes, ejecutando los acuerdos alcanzados. Para los regantes resulta difícil creer en la utilidad de los nuevos planes hidrológicos cuando las medidas incorporadas en los planes anteriores no se han materializado”.
– “El apoyo al regadío y a la modernización del casi millón de hectáreas pendiente, lo que a su vez se traduciría en un importante ahorro de agua; y la búsqueda del necesario equilibrio entre el medio ambiente y la satisfacción de las demandas”.
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Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, se hace la pregunta siguiente: “¿Volvemos al feudalismo?”. Habla de “un cambio silencioso en el modelo económico, un cambio contra el autónomo”. Firma un artículo de opinión que titula “De la PYME al nuevo vasallaje rural”. Señala que “en el campo empieza a percibirse una realidad inquietante: cada vez hay menos espacio para el agricultor y ganadero autónomo, para el pequeño y mediano empresario; el sistema se está estructurando contra el autónomo, contra la explotación familiar, contra quien vive directamente de su trabajo”.
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Ramón Solanilla presenta la conclusión siguiente: “Lo que está en juego en este momento de la historia no es sólo un modelo productivo, sino un modelo de sociedad, dado que el sistema ya no protege al que trabaja, sino al que tiene capacidad de aguantar o de invertir; estamos ante una nueva lucha de clases, no entre ideologías, sino entre modelos: el de quienes viven de su trabajo y el de un sistema que cada vez favorece más a quienes tienen estructura, dimensión y capacidad financiera”.












