ALBERTO CEBRIÁN
La localidad altoaragonesa de Calasanz, perteneciente al municipio de Peralta de Calasanz, en La Litera, acoge este sábado, 19 de septiembre de 2026, por la mañana la conmemoración del novecientos aniversario de la Carta Puebla concedida a Aínsa por el rey aragonés Alfonso el Batallador.
La población de Calasanz vivirá un viaje en el tiempo, yendo hasta la Plena Edad Media, época en la que, con su castillo, constituía un punto clave para el Reino de Aragón. Esta plaza había cambiado de manos en varias ocasiones, siendo conquistada definitivamente por el rey Pedro I de Aragón en 1102.
Veinticuatro años más tarde, otro monarca, Alfonso el Batallador, acudió a esta localidad para reunirse con Ramón Berenguer III, conde de Barcelona. Entre los asuntos que ahí trató, hubo uno que es el que este sábado se conmemora: la concesión de la Carta Puebla a Aínsa.
Hay que explicar que Aragón usó varias fórmulas para dar privilegios a los habitantes de un determinado lugar, diferenciando de alguna manera las poblaciones que se encontraban en la frontera con el islam y otras que ya iban quedando en la retaguardia.
Para las primeras, los reyes de Aragón bien concedían fueros bien creaban órdenes militares. En la novela histórica El Batallador y Granada hago mención a ello. El rey Alfonso I de Aragón y de Pamplona utilizó los fueros de Sobrarbe tras la conquista de Tudela. Y creó la Cofradía de Belchite y la Orden de Monreal, con el fin de asentar pobladores implicados en la defensa de sus territorios.
El caso que nos ocupa —Aínsa—, ya en la retaguardia pero con la necesidad de ser potenciada, recibió de manos de Alfonso el Batallador el fuero de Jaca. Su padre, Sancho Ramírez, dio precisamente a Jaca la condición de ciudad importante en el naciente reino; se convirtió en una suerte de capital. Le otorgó un fuero para que prosperase desde un punto de vista económico y comercial.
El fuero de Jaca fue usado para impulsar localidades del Camino de Santiago. Es lo que se hizo en Sangüesa, Pamplona o Estella. Y es la fórmula que utilizó Alfonso I en el caso de Aínsa. Es lo que se conmemora este sábado.
El actual alcalde de Aínsa, Enrique Pueyo, señaló hace algunos días en Huesca que aquel documento dio a esta población derechos y privilegios como los que tenían los habitantes de Jaca, y supuso su desarrollo poblacional y económico. Reconoció, además, que la Carta Puebla llevó a que el monarca Jaime II concediese a Aínsa, dos siglos más tarde, la posibilidad de organizar ferias.
Para este sábado, 19 de septiembre, se ha programado en la localidad de Calasanz subir a la ermita de San Bartolomé para cursar visita y observar su arquitectura románica; será a las 11:00 horas. A mediodía tendrá lugar el acto central de la conmemoración en la iglesia de San Cipriano. La clausura del evento estará protagonizada por la interpretación de la marcha real de los reyes de Aragón, a cargo de los Donzaineros de Monzón.
¿Qué decir de Alfonso el Batallador? Que, claro está, es conocido por su beligerancia en el campo de batalla y a la hora de acometer operaciones militares tanto en el Reino de León como en al-Ándalus. De hecho, ha pasado a la historia con ese epíteto de El Batallador.
Sin embargo y como apunto en El Batallador y Granada, a ello hay que sumar su capacidad política para asentar sus conquistas. Se sustanciaba en la concesión de fueros y privilegios a los nuevos pobladores de las plazas tomadas. También usaba esta fórmula para consolidar localidades y territorios que ya llevaban tiempo formando parte del Reino de Aragón.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.











