Aragón cuenta con 36.000 hectáreas de viñedo, de las cuales el 74 por ciento está copado por las denominaciones de origen (suponiendo el 85 por ciento de la producción vinícola de este territorio). Es un sector que en la actualidad acoge a más de 180 operadores (bodegas y almacenistas de vino).
El Gobierno de Aragón destaca de este sector que es un elemento vertebrador y dinamizador del territorio, con más de 4.000 familias ligadas a este mundo.
Hay varias figuras de calidad diferenciada por su origen (cuatro denominaciones de origen, un vino de pago y seis vinos con indicación geográfica protegida), también hay producciones amparadas por la Denominación de Origen del Cava, y hay varios bodegueros con proyectos singulares que elaboran vinos con marca propia.
El sector del vino en Aragón es el tercer exportador agroalimentario de Aragón, y se presenta como el más diversificado en cuanto a mercados de exportación.
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Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, firma el artículo “De la PYME al nuevo vasallaje rural”, en el que alerta sobre el nuevo feudalismo
Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, se hace la pregunta siguiente: “¿Volvemos al feudalismo?”. Habla de “un cambio silencioso en el modelo económico, un cambio contra el autónomo”. Firma un artículo de opinión que titula “De la PYME al nuevo vasallaje rural”. Señala que “en el campo empieza a percibirse una realidad inquietante: cada vez hay menos espacio para el agricultor y ganadero autónomo, para el pequeño y mediano empresario; el sistema se está estructurando contra el autónomo, contra la explotación familiar, contra quien vive directamente de su trabajo”.
El responsable de ASAJA en Huesca y Aragón explica que “la tendencia en el campo es clara: todos los años desaparecen miles de explotaciones agrarias, PYMES familiares; en las últimas décadas, España ha perdido más del cincuenta por ciento de sus explotaciones agrarias, mientras aumenta el tamaño medio de las restantes”. Y añade: “Hoy el agricultor o ganadero abandona porque la normativa es cada vez más compleja, la burocracia más asfixiante, los costes más elevados y la rentabilidad más baja; a esto se suma un cambio silencioso pero decisivo: la tierra se ha convertido también en un activo de inversión”.
Ramón Solanilla presenta la conclusión siguiente: “Lo que está en juego en este momento de la historia no es sólo un modelo productivo, sino un modelo de sociedad, dado que el sistema ya no protege al que trabaja, sino al que tiene capacidad de aguantar o de invertir; estamos ante una nueva lucha de clases, no entre ideologías, sino entre modelos: el de quienes viven de su trabajo y el de un sistema que cada vez favorece más a quienes tienen estructura, dimensión y capacidad financiera”.












