Varias personas vinculadas con el mundo de la investigación y la docencia han fundado la Asociación Nacional de Agricultura de Precisión (ANAP). Se encuentra entre ellas Javier García Ramos, director de la Escuela Politécnica Superior de Huesca. El primer presidente de ANAP es José María Terron, del Centro de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Extremadura.
La Asociación Nacional de Agricultura de Precisión se presenta como “organización española independiente y sin ánimo de lucro, que responde a la necesidad de promover la agricultura de precisión y facilitar la transformación digital agrícola en España, en línea con las directrices de sostenibilidad definidas por la Unión Europea”.
ANAP nace con la vocación de ofrecer “un espacio para el intercambio de conocimientos, experiencias y recursos de valor sobre agricultura de precisión y digitalización agrícola a fin de facilitar la obtención de los beneficios económicos, ambientales y sociales de su adopción por parte de las personas y entidades del sector agroalimentario”.
Otras noticias
Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, firma el artículo “De la PYME al nuevo vasallaje rural”, en el que alerta sobre el nuevo feudalismo
Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, se hace la pregunta siguiente: “¿Volvemos al feudalismo?”. Habla de “un cambio silencioso en el modelo económico, un cambio contra el autónomo”. Firma un artículo de opinión que titula “De la PYME al nuevo vasallaje rural”. Señala que “en el campo empieza a percibirse una realidad inquietante: cada vez hay menos espacio para el agricultor y ganadero autónomo, para el pequeño y mediano empresario; el sistema se está estructurando contra el autónomo, contra la explotación familiar, contra quien vive directamente de su trabajo”.
El responsable de ASAJA en Huesca y Aragón explica que “la tendencia en el campo es clara: todos los años desaparecen miles de explotaciones agrarias, PYMES familiares; en las últimas décadas, España ha perdido más del cincuenta por ciento de sus explotaciones agrarias, mientras aumenta el tamaño medio de las restantes”. Y añade: “Hoy el agricultor o ganadero abandona porque la normativa es cada vez más compleja, la burocracia más asfixiante, los costes más elevados y la rentabilidad más baja; a esto se suma un cambio silencioso pero decisivo: la tierra se ha convertido también en un activo de inversión”.
Ramón Solanilla presenta la conclusión siguiente: “Lo que está en juego en este momento de la historia no es sólo un modelo productivo, sino un modelo de sociedad, dado que el sistema ya no protege al que trabaja, sino al que tiene capacidad de aguantar o de invertir; estamos ante una nueva lucha de clases, no entre ideologías, sino entre modelos: el de quienes viven de su trabajo y el de un sistema que cada vez favorece más a quienes tienen estructura, dimensión y capacidad financiera”.













