La Asociación Nacional Interprofesional de Plantas Aromáticas y Medicinales (ANIPAM) denuncia que “el sector de la lavanda está pasando por una crisis que puede ser terminal para su viabilidad económica”. Asegura que “los precios que el mercado paga por los aceites esenciales han caído desde los treinta euros el kilo a los actuales diez u once, con lo que no se cubre ni el cincuenta por ciento del coste de producción y de materia prima”. Años atrás hubo una evolución positiva del sector, la cual se rompió en 2021. Se aducen varias posibles causas: “El crecimiento internacional desmesurado de la oferta y la sustitución de los productos naturales por otros sintéticos de origen industrial”. La citada asociación pide “agilidad en las ayudas, apoyo a la I+D+i, mejorar la identificación de los productos derivados para evitar el fraude y orientar las ayudas a medidas reguladoras del mercado”.
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Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, firma el artículo “De la PYME al nuevo vasallaje rural”, en el que alerta sobre el nuevo feudalismo
Ramón Solanilla, secretario general de ASAJA Huesca y Aragón, se hace la pregunta siguiente: “¿Volvemos al feudalismo?”. Habla de “un cambio silencioso en el modelo económico, un cambio contra el autónomo”. Firma un artículo de opinión que titula “De la PYME al nuevo vasallaje rural”. Señala que “en el campo empieza a percibirse una realidad inquietante: cada vez hay menos espacio para el agricultor y ganadero autónomo, para el pequeño y mediano empresario; el sistema se está estructurando contra el autónomo, contra la explotación familiar, contra quien vive directamente de su trabajo”.
El responsable de ASAJA en Huesca y Aragón explica que “la tendencia en el campo es clara: todos los años desaparecen miles de explotaciones agrarias, PYMES familiares; en las últimas décadas, España ha perdido más del cincuenta por ciento de sus explotaciones agrarias, mientras aumenta el tamaño medio de las restantes”. Y añade: “Hoy el agricultor o ganadero abandona porque la normativa es cada vez más compleja, la burocracia más asfixiante, los costes más elevados y la rentabilidad más baja; a esto se suma un cambio silencioso pero decisivo: la tierra se ha convertido también en un activo de inversión”.
Ramón Solanilla presenta la conclusión siguiente: “Lo que está en juego en este momento de la historia no es sólo un modelo productivo, sino un modelo de sociedad, dado que el sistema ya no protege al que trabaja, sino al que tiene capacidad de aguantar o de invertir; estamos ante una nueva lucha de clases, no entre ideologías, sino entre modelos: el de quienes viven de su trabajo y el de un sistema que cada vez favorece más a quienes tienen estructura, dimensión y capacidad financiera”.













