Es una iniciativa del grupo de acción local ADESHO, que lidera un programa de recuperación de variedades autóctonas de frutales. El proceso de recuperación se inició en 2014 y hace algunos días se procedió en el vivero de un colaborador, Carlos Gil, en Huesca a la entrega gratuita de dos mil doscientos árboles frutales, sobre todo manzanos de quince variedades pero también perales de cinco variedades y ciruelos de tres variedades. Fueron recibidos por un centenar de agricultores interesados en cultivar en sus fincas variedades frutales locales.
Las parcelas en las que se van a cultivar están ubicadas en más de treinta localidades de la comarca de la Hoya de Huesca. Estas variedades de manzano, peral y ciruelo proceden de un inventario que hace siete años se hizo en la zona norte de la sierra de Guara (en los núcleos de Arguis, Bara, Belsué, Bentué de Rasal, Lúsera y Nocito), con el objetivo de localizarlas, caracterizarlas y propagarlas.
ADESHO realiza la siguiente descripción sobre el trabajo desarrollado:
“Los árboles se encontraban todavía creciendo y habían logrado sobrevivir sin ningún tipo de cuidados, por lo que podían presentar unas características de fruto de calidad, de gran valor en los actuales mercados. Los árboles se analizaron molecularmente para descartar repeticiones, y se establecieron en dos parcelas experimentales (cedidas por dos colaboradores, en Arguis y en Belsué), lo que permitió conocer no sólo la singularidad sino algunas de las características más interesantes de estos frutos y su desarrollo agronómico.
Posteriormente, se llevó a cabo una selección de los más interesantes para su propagación, y se injertaron en el vivero sobre los portainjertos más apropiados para cada especie. El resultado ha sido la distribución de árboles, todos ellos procedentes de la zona norte de la sierra de Guara, muchos de los cuales serán sometidos a un proceso de control, examen y verificación, aprovechando la dispersión territorial, lo que permitirá obtener fructíferas conclusiones relativas al desarrollo y adaptación de los frutales a diversos ecosistemas (altitud, condiciones climáticas,…)”.
ADESHO añade que “el objetivo final es recuperar y evaluar el potencial de estos frutales, confeccionar un catálogo de variedades, proseguir con los estudios de su comportamiento agronómico y finalmente poner en valor las producciones de estos frutales por su calidad, clave para promocionar estos productos, tanto en los mercados locales como en restauración o en la industria de transformación, ofreciendo un producto único y diferenciado”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.











