Irene Gracia, máxima responsable de Slow Food Huesca, ha sido la encargada de recibir este galardón que concede la Diputación Provincial de Huesca (DPH). Este año la gala de entrega de premios se ha tenido que adaptar a las circunstancias sanitarias de la pandemia de la COVID-19, y se ha transmitido en directo a través del canal de YouTube de la Diputación.
Irene Gracia, respecto al Félix de Azara, ha dicho que “este galardón nos ratifica en que el trabajo que hacemos merece la pena, y nos anima y empuja a trabajar en ello, sobre todo con esta pandemia, que está contribuyendo también a reforzar el arraigo a la alimentación sana y con productos de nuestra tierra”.
Miguel Gracia, presidente de la Diputación de Huesca, ha indicado que “en este año, en el contexto de la pandemia, hemos visto el trabajo que Slow Food está haciendo en materia de alimentación de Kilómetro Cero, generando una red de la que forman parte agricultores, ganaderos, comercializadores, agroindustria y restauradores, primándose los productos de calidad y de proximidad”.
También ha hecho alusión al momento actual: “Hay cada vez mayor necesidad de saber de dónde vienen los alimentos, cómo se producen, en qué contexto y cómo llegan hasta nuestra mesa; es un fenómeno que ya se había iniciado antes de la pandemia y que el confinamiento ha acelerado”.
Ha reconocido las dificultades que tienen en su día a día eslabones fundamentales de la cadena alimentaria, “como la ganadería extensiva, cuando paralelamente, desde la lejanía, se generan leyes y normativas de difícil convivencia con estos modelos productivos”.
Miguel Gracia ha concluido que “cualquier avance (en todo aquello que afecte al territorio, a sus gentes, a su modelo de vida, a su cultura,…) debe ser consultado, compartido y consensuado con ellos, que en definitiva, son los verdaderos cuidadores de esos paisajes, de esos modelos de vida y de esa cultura, fruto de ese trabajo, tradición y esfuerzo”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










