El proyecto europeo Diverfarming ha llegado a su final, tras cinco años de trabajo. Hace balance y dice que “existen pruebas sobre las ventajas ambientales y económicas de la diversificación de cultivos”. Se ha estudiado los efectos agronómicos, medioambientales y socioeconómicos de la diversificación de cultivos, de las prácticas de manejo sostenible y de la reducción de insumos en los suelos agrícolas. Y se ha intentado establecer un cambio de paradigma hacia una agricultura más sostenible en la que se deje a un lado la agricultura intensiva basada en el monocultivo y se potencie la biodiversidad.
Han participado entidades de ocho países europeos: España, Alemania, Holanda, Hungría, Inglaterra, Italia, Finlandia y Suiza. Se han probado diferentes estrategias de diversificación de cultivos y prácticas de manejo sostenible en cultivos como el olivar tradicional de secano, el almendro de secano, el mandarino de regadío, cultivos hortícolas como el melón o el brócoli, y los cereales. Además, se ha creado un prototipo de maquinaria para la gestión de un campo en el que convivan varios cultivos.
La Universidad de Córdoba ha participado a través del grupo de investigación SUMAS, con Luis Parras, Manuel González, Jesús Aguilera y Beatriz Lozano, quienes han puesto en marcha la diversificación de cultivos en olivares tradicionales, alternando cultivos como veza y avena, lavanda y azafrán, y eliminando el laboreo convencional. Gracias a estas prácticas han conseguido aumentar tanto el carbono orgánico en el suelo como la actividad microbiológica del mismo, y reducir la erosión.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.











