Diario del Campo

Fundado en 2012 por Alberto Cebrián

domingo, 11 de octubre de 2026

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Lasca Negra, de Zaragoza, cumple cinco años y muestra más de un centenar de referencias de trufa negra

María Jesús Blanco es la propietaria de Lasca Negra, establecimiento que se presenta como el único de Zaragoza especializado en trufa negra. Dice que “buscar la excelencia y la transparencia, y no utilizar aromas artificiales en los productos de cercanía elaborados con trufa negra fueron los objetivos cuando, hace cinco años, decidí emprender este negocio”. Señala: “Para mí es fundamental que el consumidor tenga toda la transparencia e información posible del producto que va a comprar, y le ayudamos a tener un consumo más responsable”.

La propietaria de Lasca Negra explica que “en este establecimiento fomentamos los alimentos de ámbito local y nos encanta descubrir, a todo el que decide entrar en nuestra casa, los maravillosos productos que tenemos en Aragón, sobre todo la trufa negra, y también en León; yo soy leonesa y en Lasca Negra no pueden faltar los productos de mi tierra”.

María Jesús Blanco recuerda que “Lasca Negra surgió de la necesidad de dar a conocer la trufa negra en un territorio del que es el mayor productor mundial: Aragón”. Añade que “la mayoría de la Tuber melanosporum o trufa negra de invierno de aquí se exporta a Francia y Reino Unido, donde aquellos que la compran la aprecian y la conocen más que en nuestra propia tierra”.

Concluye que “muchas veces, cuando te regalan una trufa, no sabes qué hacer con ella ni cómo utilizarla, cocinarla o conservarla; por eso, intentamos educar al consumidor, y siempre le aconsejamos que, antes de comprar algo con trufa, lea bien la etiqueta porque muchas veces contienen aromas artificiales o trufas que no son Tuber melanosporum”.

25 de noviembre de 2022

Otras noticias

Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador

ALBERTO CEBRIÁN

La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?

La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.

Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.

Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.

Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.

Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.

Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.

La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.

El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.

9 de octubre de 2026 |
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