Diario del Campo

Fundado en 2012 por Alberto Cebrián

domingo, 11 de octubre de 2026

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Las indemnizaciones por daños agrarios en el primer semestre de 2023 supera el total de 2022, que ya fue el de mayor siniestralidad hasta esa fecha

Agroseguro hace balance del primer semestre de 2023 en cuanto a siniestralidad agraria se refiere. Las indemnizaciones se elevaron por encima de los setecientos setenta y dos millones de euros, una cifra que supera los setecientos sesenta y nueve millones abonados en todo 2022, el año de mayor siniestralidad de la historia del seguro agrario. A la cifra relativa al primer semestre de 2023 habrá que sumar todos los siniestros agrícolas y pecuarios que se puedan producir durante el segundo semestre.

Más de seiscientos ochenta y siete millones de euros corresponden a siniestros agrícolas y más de ochenta y cinco millones de euros se refieren al conjunto de seguros pecuarios.

A 30 de junio los cultivos herbáceos acumulaban siniestros por valor de casi trescientos ochenta y nueve millones de euros, una cifra provisional, ya que hay que sumar los partes que Agroseguro ha seguido recibiendo en las semanas posteriores. Esta entidad dice que “la falta de precipitaciones sufrida durante los primeros meses del año es la responsable del mayor siniestro de la historia del seguro agrario, agravado por las tormentas de pedrisco sufridas en las últimas semanas”.

Se estima en casi setenta y seis millones de euros las indemnizaciones a los productores de fruta, más de cuarenta y ocho millones en siniestros en viñedo, casi cuarenta y cuatro millones en cítricos, treinta y cinco millones por daños en ajo y más de treinta y cuatro millones en el conjunto de hortalizas. El resto, hasta completar el total, corresponde a siniestros de cereza, almendro o caqui, entre otros cultivos.

20 de julio de 2023

Otras noticias

Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador

ALBERTO CEBRIÁN

La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?

La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.

Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.

Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.

Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.

Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.

Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.

La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.

El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.

9 de octubre de 2026 |
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