Es el dato que aporta Agroseguro. Indica que la superficie total siniestrada ascendió a casi 1,9 millones de hectáreas. Prácticamente la mitad (cerca de un millón) corresponde a daños por sequía en cultivos herbáceos. Frutales y cultivos herbáceos acumulan cerca del 50 por ciento del total de indemnizaciones agrícolas.
Las comunidades autónomas más afectadas fueron Murcia, y Castilla y León. Les siguen Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana y Extremadura.
Agroseguro señala que el ejercicio 2019 resultaba meteorológicamente muy inestable, aunque algo más benévolo en términos de indemnizaciones que los anteriores.
Los tres últimos ejercicios se encuentran entre los cuatro más severos de la historia del seguro agrario, sólo por detrás de 2012 (que fue el que registró el mayor volumen de siniestralidad).
A lo largo del año se iba encadenando todo tipo de fenómenos climáticos extremos:
– Heladas en invierno, pero también al inicio de la primavera y en el mes de mayo.
– Tormentas de pedrisco (en ocasiones de gran intensidad) desde mediados del mes de marzo y a lo largo de la primavera y el verano, llamando la atención que estos episodios tormentosos cada vez comienzan en fechas más tempranas.
– También se registraban varias depresiones aisladas en niveles altos de la atmósfera (DANA), más conocidas como gota fría, con intensas precipitaciones (a veces acompañadas de pedrisco). La gota fría más dañina fue la ocurrida entre los días 11 y 14 septiembre, convirtiéndose en el peor evento de este tipo en la historia del seguro.
A todo lo anterior hay que añadir que, a pesar de la inestabilidad climática, las precipitaciones han resultado escasas, y que por tanto se han producido daños por sequía, fundamentalmente en los cultivos herbáceos extensivos, aunque también en uva de vino y olivar.
También son destacables las indemnizaciones en el seguro de compensación por falta de pastos, debido a la escasez de precipitaciones.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










