El Observatorio Español del Mercado del Vino y la Organización Interprofesional del Vino de España hacen público un informe en el que se analiza el mercado internacional del vino en 2019. Como gran conclusión se puede decir que Italia ha superado a España como primer exportador mundial de vino (en cantidad), y que Francia se distancia en valor.
España ha estado liderando durante cinco años el ranking relativo a la cantidad de vino exportado; sin embargo, en 2019 Italia le ha rebasado. Este país exportó 2.162 millones de litros frente a los 2.154 millones de España.
Las exportaciones mundiales de vino se situaron en 2019 en 10.357 millones de litros; es un volumen todavía lejano al registrado en 2017. En valor, las exportaciones se situaron en 31.771 millones de euros, batiéndose un record histórico. Francia se distancia como primer vendedor en valor con 9.795 millones de euros.
Crece el valor de vinos espumosos y envasados, con descenso del bag-in-box y sobre todo del granel, pese a ser éste el que más creció en litros tras las abundantes cosechas de 2018.
Australia y Sudáfrica son los que más litros pierden, en un gran año para Nueva Zelanda, proveedor que más ha crecido proporcionalmente desde el año 2000.
Desde el Observatorio y desde la Interprofesional se indica también que el sector afronta 2020 con preocupación, ya que al Brexit y a los aranceles de la administración Trump se suman ahora la crisis del coronavirus y la nueva ley del vino de Rusia.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










