Es la conclusión a la que ha llegado un equipo del Departamento de Agronomía de la Universidad de Córdoba, que ha evaluado durante cuatro años y medio el uso de olivos resistentes a la verticilosis en injertos en olivos susceptibles a esta enfermedad. Dice que no es la solución, al menos en suelos con alta concentración de Verticilium dahliae.
Hay que recordar que no existe un método de control químico efectivo contra la verticilosis; además, algunas variedades de olivo usadas tradicionalmente son muy susceptibles a esta enfermedad, y las variedades resistentes no son del todo inmunes. A todo ello se suma la capacidad que tiene el hongo citado para sobrevivir en el suelo durante muchos años.
El equipo de la Universidad de Córdoba que ha trabajado en este estudio indica que la opción actual para hacer frente a este problema pasa por el análisis del terreno en el que se va a establecer una nueva plantación y la elección de una variedad que no sea susceptible.
Habla de Andalucía, donde tradicionalmente se trabaja con picual, hojiblanca y manzanilla (muy sensibles a esta enfermedad). Las variedades más resistentes, sin embargo, no convencen a los agricultores; por ejemplo la variedad frantoio, es que una de las más resistentes, tarda mucho en entrar en producción, retrasando la obtención de beneficios.
Por tanto, se concluye, habrá que combinar variedades resistentes con variedades susceptibles más productivas haciendo un injerto, y siempre evitando suelos con presencia de Verticilium dahliae.
Los investigadores han evaluado el uso de patrones resistentes en un terreno con alta concentración de ese hongo durante cuatro años y medio, y han comprobado cómo no fueron capaces de evitar la infección del árbol y, al cabo del tiempo, la mortalidad fue igual.
Así, el injerto de picual (susceptible) en frantoio (resistente) retrasó la aparición de los síntomas de la enfermedad, pero a los cuatro años todas las combinaciones habían desarrollado los síntomas graves de la enfermedad y tuvieron una mortalidad muy similar.
Aun así, no se encontraron rastros del patógeno en el patrón resistente que pareció restringir la colonización por parte del hongo, pero, una vez que éste pasa a la variedad injertada, se desencadenan los síntomas a gran velocidad.
De momento, en Andalucía el problema se va capeando con el uso de variedades moderadamente resistentes (arbosana y arbequina) en las nuevas plantaciones en seto; el reto es encontrar nuevas variedades resistentes y que, además tengan características agronómicas interesantes para los agricultores.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










