Diario del Campo

Fundado en 2012 por Alberto Cebrián

martes, 14 de julio de 2026

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David Badía: “Otro día gris o crónica de una quema anunciada”

David Badía, profesor de la Escuela Politécnica Superior de Huesca, IP de FUEGOSOL y miembros de la Red Temática Internacional FuegoRED, firma un artículo que lleva por título “Otro día gris o crónica de una quema anunciada”. Dice así:

“El hombre ha utilizado el fuego como una herramienta útil y barata para deforestar, renovar pastos, eliminar malas hierbas o fertilizar suelos agrícolas desde hace cientos de miles de años. Sin embargo, estos días estamos recordando la capacidad destructiva del fuego cuando está fuera de control. Y es que los incendios forestales constituyen actualmente la causa más importante de destrucción del medio natural en España, acompañando a otros países de la cuenca mediterránea. En lo que llevamos de año 2025 se estima que se han calcinado en España más de trescientas cuarenta mil hectáreas, una superficie que duplica el Pirineo de Huesca.

¿Por qué se quema el monte?

El clima es un factor clave; todos hemos oído la regla del 30-30-30, que permite la rápida propagación del fuego: una temperatura superior a los treinta grados, humedad inferior al treinta por ciento y viento por encima de los treinta kilómetros por hora facilitan el inicio y, sobre todo, la propagación del incendio. Temperaturas altas y humedades bajas, como las sufridas en la última ola de calor estival, una de las más largas conocidas, han secado una vegetación herbácea que creció mucho en la pasada primavera lluviosa; todo ello, acompañando a la recuperación del bosque que está teniendo lugar de forma continua desde hace más de seis décadas. La vegetación, si además de seca y fina, está cargada de esencias volátiles, inflamables (como los pinos), se convierte en un combustible temible.

Al clima hay que añadirle la cantidad y continuidad del “combustible” en el paisaje; tras la ignición, la continuidad facilita que se escape del control de extinción, con diversos frentes y de gran amplitud. Por esta razón, siendo el clima un factor no controlable, la prevención debe centrarse en la generación o mantenimiento de un paisaje en mosaico. Ese paisaje, que el hombre había generado al pastar con sus rebaños, al usar la leña para cocinar y calentarse, o con la construcción de bancales para cultivar, se ha ido desdibujando desde la década de los sesenta. Y es que, desde entonces hasta ahora, la población rural en España ha pasado del treinta y cinco al diez por ciento respecto al conjunto de la población.

¿Cómo reducir los incendios forestales?

Hay dos grandes ejes de acción:

1. Concienciar a la población para evitar siniestros, ya que (según la DG Medio Natural y Gestión Forestal) sólo un veinta por ciento de las igniciones corresponden a causas naturales (tormentas secas), mientras que la mayoría son debidos a negligencias, accidentes, intencionados,…

2. Equilibrar esfuerzos entre extinción y gestión.

Cuanto más eficaces somos en la extinción, salvando momentáneamente al bosque, posponemos el problema para los años siguientes. Es lo que se llama “La paradoja de la extinción”. Por ello, además de revalorizar los servicios que ofrece el mundo rural, hay que equilibrar la inversión entre servicios de extinción y gestión forestal (aquello de que los incendios se apagan en invierno). Se estima que el coste en extinción es de unos treinta mil euros por hectárea mientras que la prevención puede suponer entre el uno y el diez por ciento.

¿Y tras el incendio?

La quema del bosque supone la emisión a la atmósfera del carbono que contenía la vegetación (e incluso la parte más superficial del suelo forestal) lo que representa un aporte de CO2 a la atmósfera —gas con efecto invernadero—. Además, el fuego empobrece el conjunto del ecosistema al volatilizarse el nitrógeno, al exportarse nutrientes a través de las cenizas, erosionar el suelo con los posteriores fenómenos de arroyada,…

Tras apagarse las llamas, el aspecto desolador de los troncos carbonizados nos induce a pensar que la vida allí ha sido eliminada. Los ecosistemas mediterráneos, sin embargo, y a pesar de haber sufrido una importante pérdida de fertilidad, disponen de un conjunto de estrategias que les permiten hacer frente a esta perturbación. Entre las plantas calcinadas existe un grupo con capacidad de rebrotar desde la cepa: quejigos, coscojas, carrascas, madroños,… Otras plantas, aun sin ser capaces de rebrotar, germinan profusamente tras el incendio (les llamamos pirrófitas) como las jaras, aliagas,… Por otro lado, hay pinos, como el pino carrasco, que disponen de un gran almacén de semillas viables en sus piñas que, tras el fuego, con humedad en el suelo, podrán germinar.

Es decir, cierta vegetación mediterránea puede regenerarse con relativa rapidez, pero solamente si la perturbación sufrida y otras previas no han provocado la degradación del suelo sobre el que crecen. Si el fuego ha eliminado la vegetación y el mantillo, convirtiéndolos en cenizas, el suelo queda desprotegido frente a la acción posterior de lluvias intensas y/o fuertes vientos, que pueden agravar el problema. Las primeras lluvias arrastran primero las cenizas hasta torrentes, ríos y embalses, y a continuación el suelo mineral. El arrastre de las cenizas y del propio suelo no sólo tiene una repercusión local sino regional, pues al llegar a los ríos y embalses empeora la calidad del agua, colmatándolos de sedimentos y acortando su vida útil. La pérdida de suelo (irremediable a escala humana por su lenta formación y rápida degradación) reduce, además, la capacidad regenerativa de la vegetación induciéndose un progresivo fenómeno de desertización. De ahí que se apliquen medidas de emergencia en las zonas afectadas por incendios: fajinas, acolchados de paja,…”.

19 de agosto de 2025

Otras noticias

El proyecto europeo CO2-FrAMed ha visitado las instalaciones de riego fotovoltaico ya en funcionamiento en cinco comunidades de regantes de Huesca

Todo el consorcio del proyecto europeo CO2-FrAMed, que lleva por título “Agricultura libre de CO2 para la región mediterránea” y del que forma parte Riegos del Alto Aragón, ha visitado las instalaciones fotovoltaicas construidas en la provincia de Huesca y que ya están en funcionamiento. Pertenecen a cinco comunidades de regantes. FENACORE señala que “este proyecto cumple con el doble objetivo de dar estabilidad al regante a la hora de afrontar su coste energético y de reducir la huella de carbono, consumiendo la energía que producen las placas fotovoltaicas del propio agricultor”. Añade que “CO2-FrAMed demuestra cómo el apoyo de fondos europeos para tecnologías innovadoras puede traducirse en reducción de emisiones, estabilidad de costes y una transición energética real para el regadío”.

14 de julio de 2026 |
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