Cooperativas Agro-alimentarias de España ha celebrado Asamblea General de forma telemática. Ha servido para reelegir a Ángel Villafranca como presidente. Le van a seguir acompañando Juan Rafael Leal, como vicepresidente primero; Cirilo Arnandis, vicepresidente segundo; Jerónima Bonafé, secretaria; y José Montes, vicesecretario.
Ángel Villafranca ha destacado en su discurso que “las cooperativas no son el problema del sector, sino que son la mejor solución para la defensa de la renta de los agricultores y ganaderos; incluso las cooperativas más modestas aportan más valor añadido a sus socios que lo que pueden encontrar fuera de ellas (si no, no permanecerían)”.
Ha señalado que “el sector agrario (productor de alimentos) vive del mercado, que retribuye los productos en función de la oferta y la demanda; para alcanzar una mayor retribución, que es el objetivo de las cooperativas, se necesita más dimensión, avanzar en la cadena de valor, innovar, más internacionalización,…”.
Ángel Villafranca reflexiona sobre el papel de las cooperativas en la comercialización de los productos agroalimentarios, en el sentido de que “podrían ordenar mejor las campañas de comercialización”. Dice que “nos falta creer más en nuestras posibilidades”, y alude a la figura de las Organizaciones de Productores y sus Asociaciones como herramienta adecuada para presentar una mayor dimensión comercial.
En la clausura de la Asamblea ha participado el ministro de Agricultura, Luis Planas. Ha reconocido “la gran fuerza del movimiento cooperativo agroalimentario en España, con una facturación que representa más del 60 por ciento de la producción final agraria y casi el 30 por ciento del valor de las ventas netas de la industria alimentaria”.
El ministro ha destacado que “las cooperativas forman parte del futuro de la agroalimentación española, y que es necesario fomentar las 3 d (dimensión, diversificación y digitalización) para conseguir cooperativas del siglo XXI”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










