La previsión de cosecha de cereal de invierno que realiza ASAJA para Aragón habla de casi un millón novecientas mil toneladas, de las que casi un millón corresponden a la provincia de Huesca. Se trata de “una cosecha de cereal de invierno desigual, marcada por la sequía y a expensas de los daños por los fríos de finales de abril”. ASAJA Aragón señala que “la provincia de Teruel, parte de la de Zaragoza y la zona sur de Huesca son las más afectadas por la ausencia de lluvias”. El análisis que la citada organización agraria hace es el siguiente:
PROVINCIA DE HUESCA
“La provincia de Huesca presenta unas buenas previsiones de cosecha, debido a las lluvias que se han recibido a lo largo de todo el ciclo de cultivo. A día de hoy, los campos de cebada se encuentran en plena fase de llenado del grano, y los trigos están terminando de sacar la espiga o comenzando a llenar el grano. Las zonas más áridas de la provincia oscense, Monegros sur y Bajo Cinca, no se han beneficiado de las precipitaciones del resto de la provincia, por lo que el estado de las siembras de cereales no es tan favorable”.
PROVINCIA DE TERUEL
“Respecto la provincia de Teruel, la situación es radicalmente distinta a la zona norte de Aragón. Debido a la ausencia de lluvias a lo largo de todo el ciclo, el estado de los cereales de invierno es dramático, con pérdidas del cien por cien de la producción en el caso de la comarca del Bajo Aragón y de Cuencas Mineras, o del ochenta y noventa por ciento en la comarca del Jiloca, Gúdar-Javalambre, Hoya de Teruel y Albarracín”.
PROVINCIA DE ZARAGOZA
“En cuanto a la provincia de Zaragoza, la situación es desigual entre la parte de las Cinco Villas (donde las previsiones de cosecha son buenas), la zona de Calatayud, Borja y Tarazona (con unas expectativas de reducción de cosecha de un cincuenta por ciento respecto a una campaña normal), y la zona centro y sur de la provincia (donde la ausencia de lluvias ha llevado a unas previsiones tan negativas como en la provincia de Teruel)”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.











