Anuncio que realiza la Asociación de Afectados por las Riadas del Ebro (ASAFRE) ante la actitud de las administraciones públicas hacia la ribera de este río a su paso por Aragón. Desde el citado colectivo se indica que “son muchos los que se plantean si de verdad es rentable seguir trabajando las tierras y viviendo en las inmediaciones del río Ebro”.
Se apunta que, “si no se hace nada antes, en unos años habrá que lamentar la marcha de la población ribereña que se dedica al sector primario a otros lugares donde de verdad se les escuche”.
ASAFRE añade que “los ribereños están cansados de hacer frente (cada vez que hay una crecida del río Ebro) a la inversión económica que supone volver a empezar prácticamente de nuevo”.
Y concluye que, “si no se soluciona pronto el problema, los municipios afectados por las avenidas del río Ebro pasarán a formar parte de la España vaciada”.
Esta Asociación de Afectados por las Riadas del Ebro se acaba de reunir con Miguel Ángel Revilla en la sede del Gobierno de Cantabria, en Santander, para hablar de las inundaciones del citado río y sus afluentes.
El presidente de Cantabria ha señalado que su Gobierno ya cuenta con un presupuesto de 2 millones de euros para actuar en las zonas afectadas.
ASAFRE lamenta que “en Aragón sólo son promesas incumplidas de cara a las elecciones autonómicas”. Y lamenta también “la lentitud de la burocracia; los plazos establecidos son largos, y las ayudas, si llegan, lo hacen con mucha demora”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










