La Asociación de Criadores de Raza Bovina Parda de Montaña (ARAPARDA), con sede en la provincia de Huesca, ha recibido el certificado de calidad del ICAR (International Committee for Animal Recording), que es un organismo que tiene por objeto “promover el desarrollo y la mejora de las actividades de control de rendimientos y la evaluación genética de los animales de granja a nivel mundial, por medio del establecimiento de definiciones y normas comunes para la medición de los caracteres que tienen importancia económica”.
Desde ARAPARDA se señala que “este certificado de calidad supone un reconocimiento internacional al buen hacer y a las buenas prácticas que desarrollan las organizaciones de ganaderos de España, equiparándolas a las más punteras del panorama internacional”. ARAPARDA se encuentra entre las ocho organizaciones que han sido certificadas. Son las siguientes:
• Asociación Española de Criadores de Ganado Vacuno de Raza Avileña-Negra Ibérica (AECRANI).
• Asociación Española de Criadores de Ganado Vacuno Selecto de la Raza Asturiana de los Valles (ASEAVA).
• Asociación Nacional de Criadores de Ganado Vacuno Selecto de Raza Rubia Gallega (ACRUGA).
• Asociación de Criadores de Raza Bovina Parda de Montaña (ARAPARDA).
• Asociación Nacional de Criadores de la Raza Ovina Assaf (ASSAFE).
• Confederación de Asociaciones de Criadores de Ovino de Razas Latxa y Carranzana (CONFELAC).
• Asociación Nacional de Criadores de Ganado Ovino Selecto de Raza Manchega (AGRAMA).
• Asociación Nacional de Criadores de Ganado Ovino de Raza Churra (ANCHE).
ARAPARDA concluye que “este reconocimiento internacional acredita el excelente trabajo realizado por ganaderos y técnicos de las asociaciones, así como por los expertos en genética; la mejora genética ganadera es clave para el futuro de todo el sector y estamos en el grupo de países punteros en este campo”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.











