El Grupo Operativo ANPSTAND está trabajando en la creación de un estándar de calidad seminal para los centros de inseminación de porcino de España. El objetivo final es que las explotaciones de porcino aumenten su rentabilidad. Este Grupo Operativo está liderado por la Asociación Nacional de Porcino Selecto (ANPS).
Adoración Llorente, directora técnica de este colectivo, ha participado en la Feria SEPOR 2020, en Lorca (Murcia), y allí ha explicado el trabajo que están realizando criadores de porcino selecto, centros de inseminación e investigadores.
Dice que “este proyecto impactará de forma directa en la rentabilidad del sector porcino español, gracias a que su principal objetivo es, a través de la innovación, mejorar en todas sus áreas para ganar en competitividad en inseminación artificial”.
Los trabajos finalizarán en junio de 2021, y contemplan ensayos, protocolos y manuales de actuación encaminados a garantizar las óptimas condiciones de los animales para inseminación.
Se va a crear un estándar de calidad seminal para todos los centros de inseminación de porcino de España, en el que además se especificarán las características mínimas que deben cumplir las dosis elaboradas.
Adoración Llorente explica que “la inseminación artificial tiene claras ventajas, como un intenso control sanitario, una rápida difusión del progreso genético y una disminución de los costos económicos de las granjas; por su parte, los ganaderos españoles de porcino mejorarán su productividad y, por tanto, su rentabilidad”.
Añade que “todo ello incide de forma directa en la creación de empleo de calidad en zonas rurales, donde se encuentran de forma mayoritaria las granjas de porcino y los centros de inseminación; y el consumidor se beneficiará de productos de mayor calidad, gracias a todas estas mejoras que se abordan desde las propias granjas”.
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.










