Diario del Campo

Fundado en 2012 por Alberto Cebrián

viernes, 3 de diciembre de 2021

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¿Por qué habría de extrañarnos que los animales legislasen si por fin hemos logrado humanizarlos? ¿Y por qué no desenmascarar al hombre como lo que realmente es, un verdadero animal?

Como ser humano que siempre me he sentido, tengo que confesarme culpable. Culpable por ser un hombre y culpable por ser rural, analfabeto e ignorante. Mi amor por los animales ha sido siempre humano y racional. Sin embargo, como nos demuestran los que han redactado el Anteproyecto de Ley de Protección y Derechos de los Animales, los principios de la razón son lo primero que hay que anular de las leyes. Según esto, el respeto a la naturaleza y al mundo animal requeriría de unas leyes salvajes.

Yo soy de pueblo y siempre he interpretado que el aleteo de la cola de los perros al correr en los espacios abiertos era una manifestación de alegría. Cuando llegué a la ciudad y me encontré a los animales habitando los pisos, veía en la mirada de las mascotas resignación, sometimiento y tristeza. Ahora entiendo que era mi imaginación perversamente humana la que me trasladaba esas sensaciones.

Yo que he vivido en casas y espacios amplios, que siempre me ha encantado respirar el aire libre y poder contemplar largamente las estrellas, veía en los balcones y las terrazas de los pisos de Zaragoza la última oportunidad que los pobres animales tenían para poder salir de las cuatro paredes de su encierro diario y respirar algo de aire fresco, pero ¡cuán equivocado estaba!

Cuando nuestro perro León, recogido de la perrera como can abandonado, salía al parque Oliver y se cruzaba con una perra en celo, se ponía contento y alterado, a pesar de que llegó a nosotros obligadamente castrado. Y qué decir de aquellos días en que nos íbamos a hacer rutas de montaña por el Pirineo o en plena naturaleza. Mostraba una vitalidad desconocida, corría desaforadamente de un lado para otro dando brincos como si de repente se hubiese transformado en el mejor corcel alado del Olimpo. Yo creía que en esos momentos nuestras mascotas recuperaban un poquito de lo que les correspondía y les habíamos robado: Su naturaleza animal desnuda, sin los ropajes y límites impuestos por su cautiverio urbano.

Y, ahora, los cabezas pensantes de la Dirección General de los Derechos de los Animales, que dicho sea de paso comparte su importancia con la Dirección General de Derechos de la Infancia y de la Adolescencia, la Dirección General de Diversidad Familiar y Servicios Sociales, y la Dirección General de Derechos de las Personas con Discapacidad, nos enseñan que para entender y amar a los animales hay que convertirse en uno de ellos, dejar que lo más salvaje del hombre gobierne en nosotros, o lo que es lo mismo, dejar salir lo más animal, la bestia que hay en nuestro interior. Sólo en ese momento podremos entender y amar al mundo animal como ellos lo hacen, que son los únicos que se sienten animales porque los demás no pasamos de ignorantes o explotadores.

Ellos, en su incontestable sapiencia, deciden quién está capacitado y quién no para cuidar un perro, así que a nadie se le ocurra comprar uno sin pasar, previo pago, por su visado para que sus formadores de animales les den el ansiado título de cuidadores de mascotas. Ellos, en su infinita sabiduría, nos dicen que el mundo rural está equivocado, que las leyes naturales son cosa del pasado, así que, al igual que en el Ministerio de “Transacciones” Ecológicas, hay que proteger al depredador y no al depredado. Ellos mandan. Es la ley de la jungla. Es la madre “loba” la que rige sobre todos y debe disponer no sólo de los animales racionales sino también de los domésticos y de todos los mansos de corazón. La oveja y la vaca deben estar siempre a su merced.

¿Acaso el Ministerio de Asuntos Sociales y el de Transición Ecológica no deberían centrarse en desarrollar y mejorar, y no centrarse en el lado más oscuro y salvaje?

En los últimos meses, que precisamente hemos vivido con nuestros movimientos limitados debido a la pandemia, los legisladores han dado alas a sus más anhelados sueños ideológicos y, tristemente, estos se están convirtiendo en realidad. Mientras tanto, nos preguntamos atónitos ¿es posible tanto despropósito?

Sí, lo es. Tomando como ejemplo la ley de la que hablamos, su título ya es un dislate. Se ha dado un paso de gigante, pero hacia atrás, al pasar de la Ley de Bienestar Animal a la Ley de Protección y Derechos de los Animales. Hasta un estudiante de primero de Facultad sabe que esta consideración contradice la Teoría del Derecho. Los animales no pueden tomar parte en un contrato y tampoco tienen la capacidad para respetar los derechos de otros o entender conceptos de derechos; por tanto, no pueden ser sujetos de derecho, pero lo que sí es posible es una regulación legal que garantice su cuidado y protección. Esto ya se hacía con la Ley de Bienestar Animal y también estaba penalizada en el Código Penal la explotación y abandono de animales. ¿A qué obedece entonces este Anteproyecto de Ley?

No nos engañemos, lo que hay detrás de la futura Ley de Protección y Derechos de los Animales es un ideario radical, intolerante y totalitario, que se dedica a prohibir (nada menos que hasta 24 prohibiciones) todo aquello que se aleje de sus postulados ideológicos, algunos absurdos e incluso aberrantes. La defensa de sus ideas se apoya en falsedades, algunas tan burdas como asegurar que la Declaración Universal de los Derechos del Animal fue proclamada el 15 de octubre de 1987 por la UNESCO (para mi sorpresa, incluso aparece en el Preámbulo de la Ley 11/2003, de 19 de marzo, de Protección Animal en la Comunidad Autónoma de Aragón), cuando se sabe que se aprobó de forma unilateral por la Liga Internacional de los Derechos de los Animales, firmante en Londres de una declaración que después “proclamó en una sala de la sede de la UNESCO en París”.

El momento es grave; ante nuestras narices se está despreciando, cuando no destruyendo, lo propiamente humano en aras de “lo animal”. Como aseguró el filósofo Francis Wolff durante el Simposio “Los animales y los hombres”, que tuvo lugar en el Senado español el 29 de marzo de 2019: “El animalismo no es una radicalización de la protección animal, sino una animalización de la radicalidad; el concepto de antiespecismo es absurdo, porque, si el antiespecismo significa que debemos tratar a todos los seres vivos sin diferenciar las especies, es la negación de cualquier modalidad porque es poner en el mismo plano los hombres y los perros, y los perros y sus pulgas”.

22 de octubre de 2021

Otras noticias

El proyecto Pueblos Vivos Aragón presenta una guía para empentar (empujar) el medio rural hacia delante

Responsables del proyecto Pueblos Vivos Aragón y de la cooperativa Ixambre, de Artieda (Zaragoza), han presentado la guía “Unión, acción y repoblación. Guía práctica de desarrollo rural participativo para empentar tu pueblo”. Es una publicación que “se ha diseñado para dar a conocer de forma clara y sencilla todas las indicaciones sobre cómo llevar a cabo un diagnóstico y un plan de acción integral participativos para enfrentar la despoblación en el contexto de la ruralidad actual”.

La guía se basa en “el proceso iniciado en 2016 en Artieda por iniciativa de su ayuntamiento para tratar de revertir la tendencia demográfica negativa que arrastraba desde hacía décadas”. Empenta Artieda “se sirvió de metodologías participativas para afrontar las necesidades y problemas de la población local y con ello no sólo ha logrado revertir esta tendencia en el municipio sino que también ha dado lugar a diversos proyectos locales, tanto laborales como comunitarios”.

El proyecto de cooperación entre territorios rurales Pueblos Vivos Aragón está financiado con una ayuda Leader 2014-2020, a través del fondo europeo FEADER (Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural) y fondos del Departamento de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente del Gobierno de Aragón. Participan los grupos de acción local Ceder Somontano (Somontano de Barbastro), Adefo (Cinco Villas), Agujama (Gúdar-Javalambre y Maestrazgo), Asiader (Sierra de Albarracín y los municipios de Alobras, Veguillas de la Sierra, El Cuervo y Tormón), Adecobel (Campo de Belchite), Adri (Campo de Daroca y Jiloca) y Adecuara (Jacetania y Alto Gállego).

3 de diciembre de 2021 |
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