El secretario general de ASAJA Aragón, Ángel Samper, firma un artículo editorial que lleva por título “La España viciada”, en un claro juego relativo al término “España Vaciada” y al abandono real y en inversiones que, denuncia, sufre el medio rural de este país. El artículo dice lo siguiente:
“El término España Vaciada se ha hecho casi viral. Cualquier español sabe a qué se refiere y generalmente arranca muestras de solidaridad tan sólo escucharlo. Tan es así que hasta se va a erigir, si no lo ha hecho ya, en marca electoral.
Sin embargo, quienes vivimos y sufrimos la realidad que hay detrás de ese término sabemos que no hay fórmulas mágicas que puedan reconstruir lo destruido durante décadas, la mayoría de las veces por simple dejadez y abandono de los políticos de turno.
Por eso, hartos ya de ser utilizados incluso en la terminología, hemos dicho ¡BASTA! Y el próximo 20 de marzo agricultores, ganaderos y todo el medio rural nos daremos cita en Madrid para formar parte de una gran manifestación que comenzará en la Puerta de Alcalá y finalizará en la Plaza de Santa Cruz, frente a la sede del Ministerio de Medio Ambiente. Nuestras reivindicaciones tienen que llegar a todos los rincones de España.
Son tantos los problemas que venimos sufriendo que si los enumerásemos llenaríamos una enciclopedia. La lista de razones y sinrazones es interminable…”.
El resto del artículo se puede leer en el enlace siguiente:
https://www.asajahuesca.es/noticias/editorial-febrero-angel-samper-la-espana-viciada
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Santa María la Mayor (el Pilar), apuesta de Zaragoza tras su conquista por Alfonso el Batallador
ALBERTO CEBRIÁN
La basílica del Pilar es uno de los iconos de Zaragoza. Está claro que no es un templo medieval, sino posterior. ¿Por qué se puede decir que fue clave para su existencia e, incluso, para la propia devoción a la Virgen el periodo en el que esta ciudad estuvo en manos del rey aragonés Alfonso el Batallador, que la conquistó en 1118?
La respuesta aparece en la novela histórica El Batallador y Granada, obra de quien suscribe, si bien se puede apuntar de forma breve que, hasta ese momento —comienzos del siglo XII—, la gran advocación en Zaragoza había sido la de Santa Engracia, aunque la madre de Jesucristo ya tenía su propio templo.
Éste era la iglesia de Santa María la Mayor, contigua a la domus romana en la que se encontraba la columna de jaspe —el pilar— vinculada, según la tradición cristiana, a la visita de la Virgen. Recuerden que en el año 2040 se cumplirá el segundo milenio de esa efemérides; ya hay carteles alusivos a ello en la basílica del Pilar.
Los citados inmuebles —iglesia y domus— estaban situados junto al río Ebro. El templo era de origen visigótico, el cual podía ser usado y visitado en tiempos de la Zaragoza islámica, llamada por entonces Saraqusta. Ha quedado dicho: podía ser usado y visitado en tiempos islámicos pero no restaurado, por lo que su estado de deterioro fue progresivo.
Cuando Alfonso el Batallador entró en la ciudad, y siendo obispo Pedro de Librana, se adoptaron varias decisiones: una de ellas fue consagrar la mezquita aljama como catedral, en honor a El Salvador en su Epifanía (las obras de remodelación tardarían varias décadas en llegar); recuperar y dignificar la iglesia de Santa María la Mayor; y levantar un templo que estuviese dedicado a María Magdalena.
Con el paso del tiempo, la devoción a la Virgen del Pilar fue en aumento. Felipe IV, en el siglo XVII, la instrumentalizó desde el punto de vista político, como elemento cohesionador de sus territorios, como escenificación de contar en sus dominios con el favor divino y como herramienta de lucha espiritual contra la Reforma protestante.
Tras la conquista de Zaragoza por Alfonso el Batallador, se habilitó un templo románico que tomó el relevo del visigótico; sin embargo, un incendio acaecido en el siglo XV obligó a afrontar la construcción de una nueva iglesia, que sería de estilo gótico-mudéjar y que no resultaría ser la definitiva.
La creciente devoción, ya citada antes, llevó en el siglo XVII a plantear levantar un inmueble mucho mayor. Debía rivalizar con la catedral de El Salvador pero no debía hacerlo en estilo gótico, sino siguiendo los nuevos cánones artísticos, ya que se había entrado en el periodo del Barroco.
El primer arquitecto que acometió esta empresa fue Francisco de Herrera el Mozo, completando la obra Ventura Rodríguez, que introdujo matices neoclásicos. Era el siglo XVIII. Los trabajos de construcción continuarían durante las centurias siguientes: XIX y XX, hasta quedar completamente rematada y tener la estampa actual.











